Desde hace un tiempo y como todos los niños, mi hijo se mira
en el espejo. Al principio sin reconocer su imagen a través de él y más
adelante sabiendo que ese niño que le devolvía la mirada era su reflejo.
A estas alturas casi todos sabéis que últimamente no he
pasado muy buena época y una de las cosas que menos me apetecía era mirarme al
espejo y ver mi reflejo gris, con pelo sucio y ojeras. No me reconocía a mí
misma y evitaba mirarme. Sólo en los días en los que mis mejillas tenían más
color o no estaba demasiado mareada para poder lavarme el pelo podía mirarme y
verme ahí delante, sintiéndome diferente y hundiéndome en el gris de mi mirada.
Poco a poco y cada día me siento mejor desde que terminé con
mi tratamiento, poco a poco y cada día doy pasos adelante encontrándome de
nuevo a mí misma, poco a poco y cada día vuelvo a mirarme en el espejo. Todavía
necesito usar antiojeras y colorete muy a menudo para gustarme, pero poco a poco y cada día
me reconozco y me miro.
Volviendo a mi hijo Alejandro; desde que sabe que el niño
que está a través del espejo es él se emociona, se quiere y hasta se come a
besos. Sí, literalmente le da besos al espejo, se saluda, se sonríe y se pone
ojitos. Así me tiene todos los espejos manoseados y chuperreteados, con huellas
de sus manitas y su lengua por todas partes. Él se encanta y se quiere, se emociona
cada vez que ve a ese niño y sabe que es él.
Ayer por la mañana mientras él se miraba y se daba besos en
el espejo del pasillo, me agaché a su lado, sólo bastó un encuentro de miradas
a través del espejo para que la magia empezara a surgir. Era la primera vez que
estábamos juntos delante de un espejo, la primera vez en mucho tiempo que me ponía a su altura
mientras estaba haciendo algo que de verdad le emociona y lo hace feliz. Lo
senté en mi rodilla y le di un beso, beso que vio en el espejo y de repente me
miró, bajó de mi rodilla, fue hasta el espejo, me volvió a mirar esta vez a
través de él, dijo “naana” que es su manera de decir mamá y empezó a darle
besos a mi imagen, se reía, me miraba y me besaba, se acercó a mí y me abrazó.
Así varias veces, daba vueltas y se reía. Le encantaba y me quería, se
emocionaba cada vez que veía a esa mujer y sabía que era yo, su mamá.
Ayer mi hijo, a su año y medio de vida me hizo el regalo más
bonito que se le puede hacer a una madre y ese regalo vino en forma de
enseñanza. De Manual para mirarse al
espejo. Aun cuando yo no he sido capaz de reconocerme y casi ni quererme en
algunos momentos de los últimos meses, ahí está él para enseñarme a mirarme al
espejo y a continuación os lo cuento.
Manual para mirarse al
espejo (regalo número 1 del Día de la Madre)
- Ponte delante de un espejo
- Abre bien los ojos y mírate mucho
- Ponte ojitos y sonríe, como si estuvieras ligando con esa persona que está al otro lado
- Dale un súper beso al espejo y si es con lengua, ¡MEJOR!
- Da vueltas mientras bailas y mírate mucho
- Encántate y quiérete y emociónate cada vez que te mires a los ojos
Y sabes todo esto por qué, porque
sabes que esa persona eres tú, la que siempre te acompaña, la que te escucha,
la que te mira con los mejores ojos y te da los mejores besos. Esa persona eres tú y lo sabes, aunque en éste u otro momento la hayas perdido, eres tú y eres la única tú que hay, la genuína. No hay otra, por mucha cara gris, pelo sucio u ojeras que tengas. Esa persona que ves a través del espejo siempre ha sido, es y será la verdadera tú.
Por todo esto que os he contado, mi hijo Alejandro con su
año y medio de vida, me ha hecho el mejor regalo del Día de la Madre del mundo,
su mirada limpia sin prejuicios me ha enseñado a mirarme verme en el espejo con AMOR, mucho amor.
Gracias mi vida, te
quiero.
Pd: Día 17: Gracias por convertirme en mamá. Por esto te
querré siempre y para siempre.